Como en una etapa del Tour de Francia.

Hay muchas etapas dentro de una relación. Momentos distintos. Como en una etapa del Tour de Francia.

A veces hay cuestas o repechos en los que el ciclista se pone de pie sobre la bicicleta y otras veces descensos que uno hace sin pedalear. Dejándose simplemente caer. Otras veces habrá llanos y, por supuesto, zonas de avituallamiento en las que reponer fuerzas.

También se podrá en un momento determinado pinchar una rueda o tal vez se forme un abanico en el que alguno se quede, debido a la acción del viento, rezagado y pierda minutos con respecto a la tete de la course o cabeza de carrera.

No podemos pensar, cuando uno se sube a una relación que todo será coser y cantar, que no llueve sobre la bicicleta o no se pasa calor y frío en determinados momentos.

Sin embargo, para los ciclistas eso no es obstáculo. Porque el objetivo, la promesa que ansían es la meta y el beso en el podium.

El amor no es cosa de dos

Quizá debiera serlo. Sería lo normal, pensarán muchos. Pero, a no ser que vivas en una isla desierta con tu chico/a, rodeada de una profusa naturaleza, te afectará en mayor o menor medida lo que opinen los demás.

Todos tendrán una opinión, que no coincidirá necesariamente con la tuya… porque no viven ni saben lo que sientes o has sentido. Tienen su propia percepción de las cosas.

 A veces, esto impedirá que te sientas libre para hacer lo que tu cuerpo, tu mente o tu corazón te aconseje. Sus opiniones se convertirán en un muro que a veces te costará escalar y te sentirás encerrado… hasta que tú te atrevas a pensar por fin que sólo importa lo que tú sientas. Afortunadamente, no todas las opiniones tienen la misma fuerza, ni todas las personas se dejan influir. Pero está claro que hay quien deja o ha dejado que sean otros los que tomasen sus decisiones.

 En general, todos somos o hemos sido dirigidos.

 La mismísima caperucita roja fue engañada por el lobo, que le hizo creer que había un camino más corto para llegar a casa de la abuelita.

Pero es que… ¡es mi novia!

A veces confundimos Amor con propiedad. Y de ahí surgen los celos. Al pensar que nuestra pareja nos pertenece y que cualquier cosa que haga, incluso hablar con otro u otra, resulta una amenaza.

Esa situación nos pone en alerta. No nos gusta que nadie haga reír a nuestra pareja, que la distraiga, que la confunda. Pensamos que los sentimientos podrían girar 180 grados de pronto y despertarse en la persona que nos acompaña un deseo de conocerle mejor. Y, si le gusta, una posibilidad de que nos abandone si le gusta más de lo que le gustamos nosotros.

- ¿Podría ocurrir?

- En efecto. Podría ocurrir.

Si en ese momento, nuestra pareja gira su rostro y nos mira quizá observe en nosotros una cara que llamamos “de circunstancia”. Un rictus serio, rozando tal vez el enfado. Él o ella finalice en ese momento la conversación que mantenía y vuelva a nuestro lado con la intención de tranquilizarnos. No dirá nada, a menos que nosotros le hagamos algún comentario. En caso que le digamos algo él o ella se excusará aclarando: “Sólo estaba hablando”.

Pero quizá no lo hagamos. Quizá no demostremos nuestro enfado por temor a que eso le haga enfadar.

No debemos demostrar posesividad. Simplemente argumentaremos para darnos la razón: “Pero es que… es mi novia”. Como si eso te diera más derecho sobre ella del que ella voluntariamente quiera darte.

¡¡¡Gracias!!!

No te voy a querer menos porque te hayas ido. Te querré distinto.

Pero mi amor hacia ti seguirá ahí, en mi corazón. Como estaba, antes de que llegaras, el amor por todas las mujeres que antes amé. Y que me fueron haciendo -además de muchas otras cosas- la persona, el hombre que soy hoy.

Tú me has hecho mejor. ¡A tu lado he aprendido tanto del Amor!

Gracias por todo lo que me has enseñado.

Ha sido un placer caminar todo este tiempo de tu mano.