No me importa si me dices que no

Tú sigues pensando que yo no soy tu hombre, ¿verdad?

Que no estamos predestinados a pasar la vida juntos. A este respecto, no has cambiado de opinión, ¿verdad?

¿Sabes? Es que yo pienso que la distancia que nos separa es demasiado grande.

Y no sólo por el mero hecho de no ser pareja, o no poder llegar a serlo.

Es que hay tantas cosas que me gustaría hablar contigo y para las que no encuentro el momento o la ocasión, que no sé si no se da la ocasión porque no se tiene que dar o porque no doy los pasos necesarios para que se de.

Nuestras conversaciones se reducen a lo cotidiano cuando por casualidad nos encontramos por la calle, cuando a mí lo que me gustaría es decirte lo que por ti siento y no me atrevo o no encuentro el momento oportuno.

Siento que hay un muro invisible que nos separa y no sé si saltarlo o quedarme tras él con cara de tonto viendo cómo pasa el tiempo y no hago nada.

Ya no me importa si me dices que no, que lo que por ti siento no es correspondido. Lo que no quiero dejar es pasar la oportunidad de preguntártelo una vez más y zanjar la cuestión o seguir viviendo la esperanza idiota del que piensa que quizá un día te levantes y hayas cambiado de opinión… cuando ésta es una de esas pocas cosas sobre las que tienes certeza que nunca ocurrirá.

Basta con comenzar a hablar

No siempre se encuentran personas con quienes conectas a través de una simple conversación. Y, cuando sucede, ésta nos seduce de tal forma que deseamos alargarla lo máximo posible temiendo que la magia de ésta se rompa si la dejamos para otro día.

Después de una conversación se puede contemplar a la otra persona con ojos con los que quizás no la hubieras mirado antes.

A veces… sólo hay que empezar a conversar.

La impresión que una persona nos causa depende también de las palabras que dice.

 

 

Dormir de espaldas a nuestra pareja

Dormir de espaldas a nuestra pareja puede ser, en un determinado momento, sano y saludable.

Es la demostración de un desencuentro puntual, de una discusión o un malentendido. Y escenificarlo ayudará a nuestra pareja a entender que algo que ha dicho o hecho nos ha molestado.

Cualquier relación pasa por momentos en los que ni la comunicación ni la sintonía es perfecta. Momentos del día que llegan y pasan.

No dejamos de querer a una persona por desear o necesitar dormir de espaldas a ella.

Afortunadamente, un Amor no se muere, ni se deteriora tras un enfado o una discusión.

A veces, es un punto de inflexión que permitirá reconsiderar a los cónyuges el espacio que ocupan. Y no sólo en la cama, sino también en la relación.

A los taxistas tampoco les gusta

En las grandes ciudades, los taxistas transitan esperando que un viandante levante la mano, les pare y se suba indicándoles algún destino.

  Si llevan ya alguna persona, encienden una luz roja para que nadie les moleste o distraiga llamando su atención.

  Por supuesto a ninguno se le ocurriría, cuando llevan un pasajero, detenerse para que se suba otro.

  Pero si van vacíos, encienden una luz verde y están atentos a cualquier gesto desde la acera.

  Eso sí, no les pares para una carrera corta. No les gusta. Si quieres subir, que no sea para que te lleven tres calles más allá o te dirán:

 - Pero tú… ¿de qué vas?

En el Amor ocurre algo parecido. No utilizamos luces. Pero de algún modo avisamos cuando queremos que alguien se suba a “nuestro taxi”.

¿Hay muchos corazones con coraza?

A veces decimos cosas que el otro no comprende y, dependiendo del tono de éstas, la persona que comparte nuestro espacio se aleja, se enfría y distancia.

A veces decimos cosas que alegran a quienes las oyen, que enorgullecen, que inspiran y, así, la persona con quien compartimos nuestro espacio se acerca, se acurruca en nuestro pecho y nos besa la boca.

¿Deberíamos medir las palabras, procesarlas antes de dirigirlas como misiles?

En ocasiones, no sólo las palabras alejan a nuestros seres queridos. Basta un gesto para helar un corazón.

¿Hay muchos corazones con coraza? Más de uno. La coraza la crea un corazón para no sufrir, para no recibir golpes, ni arañazos sin que nada los detenga o minimice.

Si fuéramos más cariñosos, más comprensivos, el corazón no tendría que levantar una muralla. Pero el corazón se defiende. A veces, incluso, contraataca. Muestra sus uñas hiriendo a otro corazón.