Pero es que… ¡es mi novia!

A veces confundimos Amor con propiedad. Y de ahí surgen los celos. Al pensar que nuestra pareja nos pertenece y que cualquier cosa que haga, incluso hablar con otro u otra, resulta una amenaza.

Esa situación nos pone en alerta. No nos gusta que nadie haga reír a nuestra pareja, que la distraiga, que la confunda. Pensamos que los sentimientos podrían girar 180 grados de pronto y despertarse en la persona que nos acompaña un deseo de conocerle mejor. Y, si le gusta, una posibilidad de que nos abandone si le gusta más de lo que le gustamos nosotros.

- ¿Podría ocurrir?

- En efecto. Podría ocurrir.

Si en ese momento, nuestra pareja gira su rostro y nos mira quizá observe en nosotros una cara que llamamos “de circunstancia”. Un rictus serio, rozando tal vez el enfado. Él o ella finalice en ese momento la conversación que mantenía y vuelva a nuestro lado con la intención de tranquilizarnos. No dirá nada, a menos que nosotros le hagamos algún comentario. En caso que le digamos algo él o ella se excusará aclarando: “Sólo estaba hablando”.

Pero quizá no lo hagamos. Quizá no demostremos nuestro enfado por temor a que eso le haga enfadar.

No debemos demostrar posesividad. Simplemente argumentaremos para darnos la razón: “Pero es que… es mi novia”. Como si eso te diera más derecho sobre ella del que ella voluntariamente quiera darte.