Tu pareja, tu mejor amigo/a.

Yo creo que tu pareja ha de ser tu mejor amigo/a. O que, en eso, se ha de convertir con el paso del tiempo.

Si existe atracción pero no comunicación, como algunos desean, la cosa no irá demasiado lejos y no tardará en llegar el día en que la relación se convierta en insatisfactoria.

Si no se puede hablar, si no se ha llegado antes a crear un vocabulario común, donde las palabras signifiquen lo mismo – o al menos parecido- para ambos, llegará el día en que éstas se tornen en silencios. Y las sonrisas en distancia y vacío.

 

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Una nevera llena de abrazos

Si yo te pidiera que me contases un chiste… tú te detendrías un instante y me contarías de tu repertorio el mejor.

Al oírlo, yo reiría. Y te pediría otro con el deseo de que me volvieses a hacer reir. Tú buscarías en la memoria. Quizá el segundo no me causase tanta gracia; pero yo te pediría otro más.

Desgraciadamente, no hay cómico que pueda hacernos reir un día entero sin parar.

Algo parecido pasa con el hambre y la sed: bastan unos bocados o unos sorbos para poderlas saciar. Al día siguiente, no obstante, abriremos de nuevo la nevera.

También necesitamos los besos, los abrazos… y, cuando pasa un tiempo, poco, de nuevo los buscamos.

¿Tú con quién combinas?

Somos diferentes según la persona que nos trate. Algunas, sacan lo mejor de nosotros. Hay sabores con los que combinamos mejor.

Pongamos el ejemplo de un cóctel: La cola y el ron dieron origen al cuba libre. Y nadie se ha quejado desde entonces, ni han pensado que formasen mala pareja. Pero, por el contrario, a nadie se le ocurriría mezclar batido de chocolate con whisky. Ninguno de los dos tiene la culpa. Pero juntos, no funcionan.

Pues a algunas personas les pasa lo mismo. Que no combinan.

Hay combinaciones, sin embargo, la mar de raras. Por ejemplo, la del Submarino. Cerveza y granadina. O la de la sobrasada y la miel. O las anchoas y el tomate. Aparentemente, incompatibles. Pero que hay a quienes les gustan.

Me encantas

Alguna vez me ha dicho: “Me encantas”.

Y cuando vuelvo a su lado, o me asomo a su puerta o a su ventana y le digo: “Hola”, con los labios o la mano es porque ella, también a mí, me encanta.

Qué alegría encontrar personas cuya forma de ser encaja con la tuya. Que se sienten cómodos a tu lado y tú al suyo. Con las que se puede hablar.

A mí me hace feliz verla sonreír. No siempre lo consigo, claro. A veces el trabajo o las preocupaciones que tiene, lo impiden. Pero yo no me rindo.

- Otro día será – pienso.

Y sí, otro día lo intento y ya sí. Una sonrisa espontánea y sincera, luminosa como el día, me agradece mi sonrisa sincera y espontánea. Porque mi sonrisa es grande en la medida que la suya también lo es.

 Lo podríamos llamar: reciprocidad. Algo fundamental para dar forma o hacer crecer nuestra amistad.

 

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