Somos un jardín

Todo el mundo pasa por momentos de pérdida de fe en el amor. Depende de cómo se hayan comportado las personas a quienes decidimos confiar nuestro corazón.

Yo creo que tenemos que conocer nuestra naturaleza… como el jardinero aprende qué necesita cada planta. Cuánta luz, cuánta agua, qué clase de abono con el que alimentarlo o la tierra en la que hundir la semilla.

Si entiendes que el amor es algo parecido… la próxima vez que te enamores, sabrás elegir mejor el jardinero.

El hombre o la mujer que cuide de nosotros, que somos su jardín.

La oportunidad de demostrarlo

Reconocer nuestra debilidad es un signo de fortaleza.

El que aparenta ser fuerte… sólo trata de convencer a los demás y, de paso, a sí mismo. Pero llegará el día en que algo le ocurra y tenga que admitirlo.

- Yo no soy tan fuerte como creéis – dirá a sus allegados.

Quizá, algunos que hasta entonces se apoyaban en él o ella, sacarán las fuerzas que guardaban y aceptarán ser más fuertes de lo que reconocían por cobardía o simplemente inseguridad.

Cada uno se esconde en un rol diferente. Unos van de fuertes, de líderes, de valientes. Otros simplemente se dejan llevar. Pero al final se demuestra que todos somos más o menos iguales. O que tenemos, al menos, recursos parecidos.

Sólo tiene que surgir la oportunidad de demostrarlo.

Amor y diamantes

El primer día que te vi, mis ojos se quedaron perplejos. Mi cuerpo, paralizado. Tú te giraste y me viste. Mirando a tus amigas, sonreíste. Quizá te preguntases en ese momento quién era ese tipo insignificante que te miraba fijamente.

Seguiste caminando y cuando te perdí de vista pensé que la Felicidad debía ser algo parecido a vivir a tu lado el resto de mi vida. Pensé que debía llamar tu atención. Subirme a una escalera, a un pedestal, iluminar mi pequeño cuerpo con un foco.

  – ¿Qué diamante busco que la deslumbre? ¿En qué montaña? ¿A qué altitud? – me pregunté.

Estaba dispuesto a todo por ti. Pensé que tú lo merecías. Subido a aquella montaña tal vez ya no te pareciera insignificante. Y eso fue lo que me propuse: atravesar el mundo, cruzar una cordillera, encontrar ese diamante. No lo hacía por mí. Lo hacía por ti. Así lo pensaba. Así entendía yo que debía demostrar mi Amor.

Luego supe que no. Que quererte exigía también un profundo respeto hacia mí. Por intensa y luminosa que fuera tu belleza, por bonita y profunda que fuera tu mirada.

Yo no soy ningún gigante. Tampoco un héroe. Y jugando a parecerlo lo único que hacía era acrecentar la distancia que te separaba de mí. Construyendo aquel mito, te engañaba. Porque, antes o después, te darías cuenta. Y el día que entenderías que no era de mí de quien te habías enamorado sentirías una profunda decepción.

Aún estoy a tiempo. Ahora sé que el Amor es distinto. Que de nada sirve disfrazarse. Que si alguien se enamora de mí sea por lo que soy realmente. Tal vez pueda un día una chica pensar que la Felicidad debe ser algo parecido a pasar a mi lado el resto de su vida.

Como en una etapa del Tour de Francia.

Hay muchas etapas dentro de una relación. Momentos distintos. Como en una etapa del Tour de Francia.

A veces hay cuestas o repechos en los que el ciclista se pone de pie sobre la bicicleta y otras veces descensos que uno hace sin pedalear. Dejándose simplemente caer. Otras veces habrá llanos y, por supuesto, zonas de avituallamiento en las que reponer fuerzas.

También se podrá en un momento determinado pinchar una rueda o tal vez se forme un abanico en el que alguno se quede, debido a la acción del viento, rezagado y pierda minutos con respecto a la tete de la course o cabeza de carrera.

No podemos pensar, cuando uno se sube a una relación que todo será coser y cantar, que no llueve sobre la bicicleta o no se pasa calor y frío en determinados momentos.

Sin embargo, para los ciclistas eso no es obstáculo. Porque el objetivo, la promesa que ansían es la meta y el beso en el podium.