A los taxistas tampoco les gusta

En las grandes ciudades, los taxistas transitan esperando que un viandante levante la mano, les pare y se suba indicándoles algún destino.

  Si llevan ya alguna persona, encienden una luz roja para que nadie les moleste o distraiga llamando su atención.

  Por supuesto a ninguno se le ocurriría, cuando llevan un pasajero, detenerse para que se suba otro.

  Pero si van vacíos, encienden una luz verde y están atentos a cualquier gesto desde la acera.

  Eso sí, no les pares para una carrera corta. No les gusta. Si quieres subir, que no sea para que te lleven tres calles más allá o te dirán:

 - Pero tú… ¿de qué vas?

En el Amor ocurre algo parecido. No utilizamos luces. Pero de algún modo avisamos cuando queremos que alguien se suba a “nuestro taxi”.

Amor y diamantes

El primer día que te vi, mis ojos se quedaron perplejos. Mi cuerpo, paralizado. Tú te giraste y me viste. Mirando a tus amigas, sonreíste. Quizá te preguntases en ese momento quién era ese tipo insignificante que te miraba fijamente.

Seguiste caminando y cuando te perdí de vista pensé que la Felicidad debía ser algo parecido a vivir a tu lado el resto de mi vida. Pensé que debía llamar tu atención. Subirme a una escalera, a un pedestal, iluminar mi pequeño cuerpo con un foco.

  – ¿Qué diamante busco que la deslumbre? ¿En qué montaña? ¿A qué altitud? – me pregunté.

Estaba dispuesto a todo por ti. Pensé que tú lo merecías. Subido a aquella montaña tal vez ya no te pareciera insignificante. Y eso fue lo que me propuse: atravesar el mundo, cruzar una cordillera, encontrar ese diamante. No lo hacía por mí. Lo hacía por ti. Así lo pensaba. Así entendía yo que debía demostrar mi Amor.

Luego supe que no. Que quererte exigía también un profundo respeto hacia mí. Por intensa y luminosa que fuera tu belleza, por bonita y profunda que fuera tu mirada.

Yo no soy ningún gigante. Tampoco un héroe. Y jugando a parecerlo lo único que hacía era acrecentar la distancia que te separaba de mí. Construyendo aquel mito, te engañaba. Porque, antes o después, te darías cuenta. Y el día que entenderías que no era de mí de quien te habías enamorado sentirías una profunda decepción.

Aún estoy a tiempo. Ahora sé que el Amor es distinto. Que de nada sirve disfrazarse. Que si alguien se enamora de mí sea por lo que soy realmente. Tal vez pueda un día una chica pensar que la Felicidad debe ser algo parecido a pasar a mi lado el resto de su vida.

En paracaidas

En el amor sucede como cuando uno se sube a un avión con el deseo de lanzarse en paracaídas y luego, cuando está arriba, mira hacia abajo, le entra vértigo y se niega a saltar.

El miedo, en ese momento, es más fuerte que su deseo de vivir nuevas experiencias.

Estar preparado para amar implica estar preparado también para saltar. Haber vencido el miedo que eso supone. Y, claro, tener el paracaídas en perfecto estado.

La experiencia nos ayuda a prepararnos. Por eso un fracaso no debemos tomarlo como fracaso. Sino como una tentativa que nos acerca a la realidad. Que nos prepara para la siguiente.

 

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La mosca y la araña

¿Cómo se sentirá la mosca, dotada por sus alas para volar, al sentir que alguien se las trata de arrancar?

Fatal. ¿A que sí?

Por eso, si un día, por casualidad, la mosca cae en una tela de araña y queda en su amor atrapada, la araña debería saber que ese animalito ha nacido para volar y que debería soltarlo antes de encariñarse demasiado. Soltarlo para que vuele, al menos, alrededor de los dominios de Don o Doña Araña.

Si Don o Doña Araña no es del todo feliz y le enfada o contraría ver a Don o Doña mosca volar, ésta última probablemente se aleje para evitar verle la cara y evitar que le alcance la onda expansiva del enfado.

Da igual quién sea la mosca y quién la araña. Todos hemos desarrollado en algún momento de nuestra vida ambos papeles.

Lo cierto es que Amar no es Poseer. Y que las moscas deberían volar con otras moscas.

La pregunta es… ¿por qué las arañas se empeñan en cazar moscas interrumpiendo con sus telas el espacio aéreo del Amor?

 

 

¿Dónde construirías tu amor?

Si pudieras elegir dónde construyes tu hogar, ¿qué es lo primero que mirarías? El terreno en el que levantarlo, ¿no?

Cuando te decides a construir un amor, ¿te has preguntado si dispones del terreno adecuado? Si no quizá, al primer temblor, se derrumbe.

Prepara el terreno para edificar el amor. Si no, no te asombres luego de que éste se caiga.

Y si no lo haces, por lo menos no le eches luego la culpa al Amor: que no la tiene. De la misma manera que tampoco le echarías la culpa a la casa, cuando tú has sido el arquitecto, el técnico y el albañil.